TRAS LA BUSQUEDA Y EL ENCUENTRO DE NUESTRA IDENTIDAD
                    por Alejandro A. Domínguez  Benavides

Desdichado deleite del destino, de Roberto Perinelli. Dirección de Corina Fiorillo.
Con Nacho Vavassori, Belén Brito y Nelson Rueda.

Teatro Anfitrion

                                                                                 

La dramaturgia de Roberto Perinelli –ha sido enrolada por cierta crítica universitaria dentro del  realismo reflexivo- con Desdichado deleite del destino provoca un quiebre con aquella poética que resurgió en los 60 con Soledad para cuatro de  Ricardo Halac (1961) y  Roberto Tito Cossa  -Nuestro fin de semana- (1964).  Si bien conserva  algunos  procedimientos de aquella, tambíén podemos encontrar algunos que provienen del sainete con la diferencia que  en esta obra no se busca probar ninguna tesis, ni el realismo, ni la verosimilitud, ni la verdad naturalista, ni el registro de lo inmediato, si algo conserva de aquella dramaturgia es la búsqueda y el  encontronazo con nuestra identidad nacional que lo logra en sesenta minutos.  La trilogía dramaturgo, directora y actores nos hacen caer en la trampa de hacernos reir mientras estamos en el teatro y ya nos dejan pensando apenas se apaga la luz y expira el último aplauso.
  Más allá de la clasificaciones académicas, del mate, del barrio, del fútbol. Don Pancho el personaje central -aunque todos los personajes ocupan ese lugar- encarna la quintaesencia del autoritarismo como lacra nacional. Ese autoritarismo que no necesita uniforme y que  pavonea desde el vigilante privado al profesor universitario pasando por el taxista y el portero del edificio de propiedad horizontal. Un autoritarismo que se complementa con la “sanata” popularizada por Fidel Pintos  y que tanto tiene que ver con los ignorantes que creen saberlo todo, criticones y perezosos –típico hombre masa orteguiano- que como en el caso de Don Pancho dirige un equipo de fútbol desde el patio de su casa. Todo esto que nosotros dramatizamos aquí, en escena,  Corina Fiorillo,  lo disimula. explotando  las aristas humorísticas del texto dramático de Perinelli, un humor de variados colores donde al final prevalece el negro. La escenografía sencilla desplegada en un espacio escénico ideal como el de la sala chica del Teatro El Anfitrión acompañado por un coservador y efectivo diseño de luces  a cargo de Soledad Ianni.  Pero por sobre todo  hay que valorar su excelente criterio para reunir a  tres actores que conocen su oficio: El personaje que encarna Belen Brito es muy difícil porque más que las palabras debe manejar la gestualidad. La hija sumisa, enigmática, temerosa que no conoce como su padre los significados de la quiniela, pero sabe guardar un as debajo de la manga,  esperemos que continúe en el buen camino como Nelson Rueda compone un vendedor ambulante desopilante, se maneja con soltura en el escenario y sobre todo es convincente y Nacho Vavassori encarnando a Don Pancho  repugna, conmueve y logra por momentos hacer querible a su personaje detestable. Con su pijama y camiseta la toalla al cuello, sus gritos, ironías y sus pasos genuinos de cumbia acompañados por el legendario conjunto Los WaWanco, logra que con humor reflexionemos sobre nuestra realidad más profunda, nuestro costado más oscuro y  tal vez más abyecto.